El comisario Fainstead se hallaba en su tienda, absorto en los planos de puntos estratégicos e informes de batalla, con la única compañía de una taza de café aguado. Se masajeó las sienes con una mano, reflexivo. ¿Cuánto más quedaría hasta que llegaran los refuerzos? Llevaban en ese remoto planeta del Imperio más de dos meses, luchando impertérritos contra las hordas de orkos que no parecían tener fin.
Sí, habían conseguido evacuar a tiempo a la escasa población del planeta, donde se había construido recientemente una fábrica de armamento dada la riqueza del suelo en hierro, titanio y otros metales valiosos para la guerra. Unos diez millones de obreros que se habían puesto a salvo en un planeta vecino y mejor protegido, mientras los orkos acudían a reclamar la fábrica como alimañas para sus bélicos fines.
¿Pero a qué precio? A pesar de que el comisario gozaba de gran confianza y lealtad entre los soldados frente a los que se ponía al mando, gracias sobre todo a su humanidad (aquella cualidad tan poco común en la galaxia), no podía evitar las muertes que se sucedían a diario. Por cada orko que mataban, aparecían dos para pasar a cuchillo o segar a balazos a varios soldados imperiales valientes, que nunca volverían a ver a sus familias. Y así, las batallas se recrudecían día a día, sin que la marea verde pareciese tener fin, mientras que los humanos iban disminuyendo lenta pero inexorablemente.
-¿Le preocupa algo, Fainstead?
Giró levemente la cabeza para mirar a los ojos a quien se sentaba a su izquierda tras haber entrado sin avisar. Sombrero de cuero viejo, ropas anacrónicas, espada de energía y pistolas al cinto, y un rosarius colgando del cuello. La figura típica de un gran inquisidor, perteneciente en este caso a uno llamado Mortimer.
Mientras el recién llegado se sacudía el polvo de la ropa con asco y displicencia, Fainstead reflexionaba. El gran inquisidor había llegado poco después que la guardia imperial a aquel planeta en guerra, guiado por las visiones de uno de sus psíquicos, que detectaba concentraciones de energía demoniaca en un punto cercano que podían llegar a traducirse en la apertura de un portal a la disformidad. Si eso llegaba a ocurrir, el comisario tendría que aguantar con sus hombres mientras Mortimer pedía refuerzos a los cazadores de demonios, el Ordo Malleus. Ambos hombres sabían que no había que ceder ni un solo territorio a las legiones malditas del Caos. Sin embargo, Fainstead había llegado a odiar a ese hombre por sus métodos.
Todos los inquisidores estaban hechos de una pasta especial, dada su misión de buscar y aniquilar cualquier síntoma de herejía contra el Emperador por toda la galaxia. Sin embargo, lo que estaba dispuesto a hacer aquel hombre por preservar la religión del Dios Emperador excedía la comprensión de las personas normales. Como la corrupción mental de una persona podía llevar a, en el mejor de los casos, una rebelión, y en el peor, la apertura de una puerta para los demonios a partir de su cuerpo (debido al reflejo de todas las mentes en la disformidad), Mortimer se encargaba de que eso no ocurriese. Todas las mañanas hacía orar durante dos horas a los sodados, y el que mostraba síntomas de duda o debilidad era encarcelado e interrogado de manera cruel. En los casos en que algunos estaban demasiado enfermos o heridos como para hablar, eran ejecutados bajo sus órdenes. Por no hablar del sutil tono de amenaza que imprimía a sus palabras cuando arengaba a los soldados sobre la protección de su dios y cómo debían acatar su credo y hacerlo el centro exclusivo de su vida, y defenderlo hasta la muerte siempre.
El comisario nunca había tenido gran simpatía por las religiones, y menos por esta. Si, el Emperador era un héroe legendario, y durante miles de años unificó a la humanidad y la defendió de todas las amenazas, internas y externas. Definitivamente, el Imperio le debía su existencia. Pero sólo era un hombre, no un dios inmortal, y la religión sectaria que habían montado unos pocos para mantener unida a la humanidad y conservar su poder e influencia mediante el terror y el fanatismo le ponía enfermo. Estaba bien entonar el nombre del Emperador en las batallas, como cualquier otro estímulo, pero para todo había límites. Y este gran inquisidor, al que odiaba tras conocerle desde sólo dos meses aproximadamente, era sólo un exponente de ese credo obsesivo.
Pero debía ser educado y no mostrar sus pensamientos en público. Porque le podía costar la vida, y porque los inquisidores siempre estaban por encima de cualquier jefatura en los ejércitos humanos. Por lo menos le dejaba a él, el comisario, hacer su trabajo en ese sentido. Por ahora.
<Fainstead>Simplemente me preguntaba cuándo vendrán los refuerzos que solicité, señor Mortimer.
<Mortimer>¿Qué ocurre? ¿No es capaz de defender este planeta del Imperio el hombre de unos estúpidos pieles verdes?
<Fainstead>Unos miles de pieles verdes, si no le importa. Conoce tan bien como yo la fuerza del número de los orkos, y su resistencia. Pronto no seremos suficientes como para detenerlos.
<Mortimer>Me decepciona, Fainstead. Los servidores del Dios Emperador nunca se rinden, no conocen la derrota y nunca descansan. Su divina bendición les protege y les acompaña siempre. No importa cuan numerosa sea la fuerza enemiga, con nuestra fe caerá.
<Fainstead>Tomo nota…
<Mortimer>Y otra cosa. He visto que su excesivo paternalismo puede ser un obstáculo a la hora de dirigir a sus hombres, los hace blandos y vulnerables.
<Fainstead>Oh, ¿en serio? La gente agradece que les traten como seres humanos, que es lo que son. La guerra no excusa que nos convirtamos en animales sin corazón.
<Mortimer>No me haga reír, comisario. Sus métodos son patéticos, y harán que nos precipitemos todos al abismo. No permitiré que eso ocurra. Si sigo detectando en usted…
No pudo terminar de hablar, pues el comisario se había levantado iracundo, el sudor empapando su gorra y las medallas tintineando por el repentino movimiento. Se limitó a mirar con frialdad y dureza a su interlocutor mientras hablaba:
<Fainstead>Inquisidor (rebajarle de rango le pondría furioso, pero en esos momentos le daba igual). Sé muy bien cómo hacer mi trabajo, y cómo tratar a mis hombres. Limítese a hacer el suyo, que es dar caza a locos de remate que se atrevan a alzar la voz al credo del Imperio y personas como usted.
Mortimer había detectado el sarcasmo en sus palabras, y se disponía a contestar con renovado fanatismo y amenazas, cuando un teniente entró en la tienda y se cuadró, interrumpiéndoles.
<Fainstead>Descanse, teniente. ¿Qué ocurre?
-Comisario, no se lo va a creer, pero tenemos un prisionero.
<Fainstead>¿Habéis logrado capturar un orko vivo? Buen trabajo.
-No, comisario…no es un orko.
<Fainstead>¿Entonces?
-Es un humano, comisario. Un civil.
Efectivamente, Fainstead estaba impactado. ¿No habían evacuado a todos los humanos residentes en ese planeta? Entonces, ¿quién podía ser ese civil?
CONTINUARÁ
como dije en su dia, espero con ansias ver lo que hace el comisario despues. si, ya me acuerdo de mortimer y de ese no me preocupo
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