jueves, 28 de abril de 2011

Capítulo 1 - La apertura del portal

Otro día de mierda más.

Muchas veces la gente lleva a cabo las actividades que conforman su vida diaria casi mecánicamente, sin pararse a pensar por qué lo hacen. Oh, por supuesto que hay excepciones, y en la mayoría de los casos, cosas como el trabajar tienen una razón que conocemos perfectamente. Pero…ah, la rutina. Ese estancamiento que aceptamos como algo normal, aunque nos lleve a un aburrimiento de proporciones colosales, y que nos acompaña en la mayoría de cosas que hacemos. Incluso los momentos de ocio, supuestamente diseñados para desconectar de la rutina, están irónicamente cargados de ella…


-"¿Nos vamos al bar como cada viernes?"
-"Tenemos la reunión semanal del grupo"
-"Vamos a organizar las vacaciones de fin de semana, donde siempre"

Meh.

Levantarse por la mañana, hacer lo que tenía que hacer, para acabar volviendo a casa y por la noche ingerir alimentos en forma de la comida llamada cena, última tras las habituales desayuno y almuerzo. Y a continuación a la cama, para descansar y ganar energías que sirvan para llevar a cabo las actividades del día siguiente. No era la primera vez que deseaba tener otro tipo de vida, más activa, más emocionante.

Lo que no sabía era que iba a ser la última vez en su vida que deseara algo así.

Era noche cerrada, y se encontraba en su cuarto pasando el rato antes de acostarse. En ese momento se encontraba ojeando el último códex de tiránidos, una de las razas del juego de estrategia de miniaturas Warhammer 40000. Para quien no supiera del juego, podrían resumirse como alienígenas en masa que mataban y devoraban toda la vida de un planeta y saltaban a otro, como una plaga de langostas. Pero para un entendido en el tema, eran mucho más: usaban armas consistentes en pura ingeniería biológica y simbiosis, consumían hasta la última porción de biosfera para hacerla servir de reserva reproductora por parte de sus reinas, y personificaban el definitivo horror del rival sin odio, perdón, rabia…Los tiránidos simplemente no sentían. Y luchar contra un huracán es posible, contra una erupción también…¿pero contra una amenaza que evoluciona para adaptarse a todas tus tácticas y devorarte de manera implacable? No. Puedes retrasarla, incluso puedes destruir parte de sus fuerzas. Pero si no es una flota, otra acabará viniendo a por ti. A los tiránidos no se les podía vencer. Su ventaja era el número, que iba mucho más allá de lo que se pudiera contar.

Esta última edición había traido consigo grandes novedades, unas buenas y otras no tanto. Justo entonces repasaba las reglas de un personaje especial, nuevo y muy discutido por su brutalidad: el Señor de la Horda. Un monstruoso tirano de enjambre, especie habitualmente comandante de las fuerzas tiránidas: se trataba de una bestia bípeda, con poderosas pezuñas adaptadas para correr, una caja torácica externa que resistía un gran espectro de impactos, una coraza quitinosa dorsal prácticamente impenetrable con chimeneas que emitían agentes biopeligrosos y una cabeza portadora de una doble cortamenta similar a la de un triceratops con seis espiráculos destinados a la respiración, sin olvidar unas rugientes fauces y unos ojos carentes de toda emoción. Todas estas características eran comunes a la subespecie del tirano, pero este en concreto tenía dos grandes diferencias físicas.

Por un lado, la larga cola destinada al equilibrio del cuerpo (y al ataque en forma de, mayormente, picaduras venenosas) estaba en este caso segmentada cerca de su terminación, resultando en dos puntas adornadas con sendas cornamentas en forma de media luna. Pero la característica que sin duda más resaltaba eran las espadas de sus cuatro brazos. Los tiránidos, debido a la especialización de cada especie, tenían pocas características comunes, más allá de las justas para saber a simple vista que dos individuos permanecían a la misma raza alienígena letal. Unos se especializaban en vuelo, desarrollando así alas, y portando armas para el cuerpo a cuerpo como garras en forma de guadaña o para el combate a distancia como biocañones que disparaban todo tipo de munición viva, desde escarabajos devoradores de carne a gusanos explosivos con entrañas corrosivas. Sin embargo, todo este armamento se repartía entre las seis extremidades que poseía cada miembro de los tiránidos. En el caso de los tiranos, eran de los pocos miembros del ejército que podían portar en ocasiones un arma temible: la espada ósea, un arma formada a partir del propio esqueleto de la criatura que en solitario o en forma de par podía partir con facilidad todo tipo de material y ser vivo, en parte gracias a la energía psíquica y bioeléctrica que su portador conducía a través de su inteligente cerebro hacia el filo. Pero el caso del Señor de la Horda era especial: no llevaba una, ni dos, sino cuatro espadas óseas que hacían de él un combatiente cuerpo a cuerpo formidable, y además su composición difería ligeramente de las comunes, haciéndolas aún más potentes si cabe. Por otra parte, este poderoso guerrero tenía a su disposición gran cantidad de poderes psíquicos destinados tanto a reforzar sus tropas como a minar la confianza de sus oponentes.

En el artwork se le veía sobre una montaña de cadáveres, rugiendo triunfante. Casi se podía pensar que estuviese mirando hacia el asombrado lector…

Un momento…¿Seguro que no se había movido?

Cerró el códex, sin pensar más en ello. No era su estilo prestar atención a tonterías sin sentido, y tocaba ir a  dormir ya. Sin embargo, había otra cosa que quería comprobar antes, por lo que cogió el libro de reglamento. Se trataba de un grueso volumen encuadernado en tapa dura, que contenía las reglas generales del juego, descripción de los tipos de unidades (cuartel general, élite, tropas de línea, ataque rápido y apoyo pesado) y trasfondo. Para él (y para muchos otros jugadores) era simplemente imposible saberse de memoria todo el contenido táctico del libro, por lo que era común consultarlo de vez en cuando dentro y fuera de partidas. Sin embargo, antes de llegar a abrirlo, hubo algo que fijó su atención en la portada: el martillo de guerra (que daba nombre al juego) en primer plano de la ilustración representando un difuminado campo de batalla estaba decorado con un disco en el que estaban grabados los doce signos del zodiaco y en el centro una batalla entre un hombre y una serpiente, típica representación de la eterna lucha del Bien contra el Mal. Lo raro era que los signos estaban moviéndose alrededor de esa escena, en el sentido de las agujas del reloj.

Pero qué demonios...

Lo sorprendente es que tuviera tiempo de reaccionar. En cuanto los signos se detuvieron segundos después, hombre y reptil se difuminaron en una grisácea espiral, como si el dibujo fuera una acuarela corriéndose por exceso de agua, y de la sorpresa soltó el libro. Lo que era el centro de la portada se había convertido así en una mancha borrosa en eterna centrifugación, y ejercía un extraño efecto atrayente. Lentamente fue alejándose hacia atrás, buscando el pomo de la puerta, y cuando lo alcanzó lo giró con fuerza y se volvió para abrir la puerta y salir. Fue inútil: empezó a sentir cómo algo tiraba de él, y al mirar hacia atrás vio con horror que su cuerpo estaba siendo succionado hacia el libro, estirándose como si estuviera hecho de goma. Cuando estaba pensando en gritar el efecto aumentó, y ni agarrarse a la estantería sirvió de algo: fue arrancado con facilidad de ella y absorbido por la portada, quedando justo después el cuarto en perfecta calma y normalidad.

No podía creerse lo que estaba pasando. Pero ya lo decía la frase…Las cosas son lo que son. Lo último que vio fue un vórtice de imágenes borrosas y confusas, pasando a su alrededor como una centella.

Cuando despertó, notaba la boca llena de tierra. Consiguió levantarse a pesar del dolor en el costillar causado por el abrazo cual pitón que le había arrastrado a…¿dónde demonios estaba? La atmósfera del lugar estaba contaminada por los humos de la maquinaria, aquí y allá había incendios de cadáveres imposibles de identificar, y por todas partes podía olerse el aroma de la guerra, aunque en ese momento no lo supiera. Se puso a andar con cuidado, mirando a todas partes y buscando posibles escondrijos sin resultado, y detrás de una colina vio lo que en ese momento consideró su salvación y a la vez la confirmación de su locura: un campamento de tiendas pintadas con la típica tonalidad caqui con manchas verde botella. Refugios de la Guardia Imperial, los interminables ejércitos de seres humanos normales y corrientes (en su mayoría) que componían el grueso de tropas de la humanidad en el juego, y que equivalían a nuestros soldados. Esperando que todo se tratara de un mal sueño, comenzó a caminar hacia el campamento esperando despertar pronto o, si no, estar con otros seres humanos el tiempo que restara de ese extraño guión onírico.

Pero…¿desde cuando estar entre iguales era una garantía de supervivencia?

2 comentarios:

  1. se avisa que lo has puesto, que de vez en cuando me paso por blogger. como siempre, no desees nada porque puede volverse realidad

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  2. Liosos menús de Blogger...

    Una cosa es desear menos rutina, y otra que las dimensiones te troleen XD

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