Había tenido suerte. De acuerdo, estaba dentro de una tienda de campaña militar vigilada por un par de centinelas armados con rifles láser, en medio de ninguna parte en un planeta devastado por la guerra.
Pero aun así, no podía dejar de pensar que había tenido suerte. Cuando había sido aspirado a ese nuevo universo hostil, podían haberle ocurrido cientos de cosas letales: caer hacia un lago envenenado o un volcán en erupción, aparecer en un planeta sin atmósfera, o aun peor, en un planeta habitable pero sin rastro de vida con la que poder comunicarse. Habría sido aterrador hallarse completamente solo y sin posibilidad de sobrevivir.