El comisario Fainstead se hallaba en su tienda, absorto en los planos de puntos estratégicos e informes de batalla, con la única compañía de una taza de café aguado. Se masajeó las sienes con una mano, reflexivo. ¿Cuánto más quedaría hasta que llegaran los refuerzos? Llevaban en ese remoto planeta del Imperio más de dos meses, luchando impertérritos contra las hordas de orkos que no parecían tener fin.